Se levantó del banco de madera desgastada, sin saber muy bien cuánto tiempo
llevaba allí. Inclinó su cabeza hacia adelante y la sacudió para despejarse, creando un mar de reflejos plateados por unos instantes.
Mirando una vez más el delgado hilo de luna creciente que asomaba en el cielo, comenzó a pasear.
Era algo que había hecho decenas de veces, pero ahora se sentía diferente. La percepción de una misma cosa puede variar mucho en función de cómo nos sentimos por dentro.
Ahora encontraba en la reflexión de aquel paseo nocturno algo bonito y complicado de definir.
Encontraba calma, y una aceptación de cómo era.
De sus defectos.
De sus virtudes.
De los problemas y de cómo solucionarlos.
Su sonrisa brillaba. Si alguien le hubiese dicho semanas atrás que ella iba a sentirse así, habría reído con bilis, incrédula. Y se habría equivocado, como solemos hacer todos, pues nunca acabamos de creer algo hasta que nos sucede.
Sus anteriores compañeras nocturnas acechaban tras los árboles, pero Pri no notaba su presencia. Las había desterrado con aquella sobredosis de determinación que le hizo darse una última oportunidad.
Pero la culpa y la tristeza no se desprenden de nosotros tan fácilmente, y aprovecharían la mínima debilidad para regresar con toda su fuerza.
Ojalá aquella sensación durase eternamente...
Pero la realidad tenía otros planes para la joven, y la calma de su corazón se desvaneció, transformándose en taquicardia al echar a correr en dirección al cuerpo inerte en el suelo del que partía un reguero de sangre, extendiéndose sobre la hierba.
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