viernes, 21 de noviembre de 2014

Alas ensangrentadas.

Puso la cabeza hacia abajo y sacudió su cabello rubio en un intento de librarse de su rabia. 
Y es que, aunque Dan le quería mucho, ahora mismo estaba algo enfadado con Oliver. 
Se le pasaría enseguida, por supuesto, como siempre. Pero es que, aunque no creía en un dios, pensaba que tenía que existir algo más de lo que percibían con sus rudimentarios sentidos, y no le gustaba que su pareja juzgase de forma negativa eso. 
Estaba convencido de que existían seres que escapaban a su comprensión, seres más allá de su inteligencia. 

No obstante, también creía una cosa: aquellos seres, estuviesen donde estuviesen, no eran sus amigos.
“Los seres humanos siempre han estado solos, y siempre estarán solos”.

Por supuesto, no sintió el abrazo de aquellas plumosas alas desde su espalda, pero sonrió, y su humor mejoró ligeramente, planteándose disculparse en cuanto Oliver volviese de la universidad.

Anael soltó el abrazo y se marchó, contento.
No podía hacer más de lo que estaba haciendo, pero no se quejaba. 
El amor que conseguía hacer salir de sus corazones era más que suficiente como para sentirse satisfecho.

Las nubes eran densas y blancas, y el ángel se dirigió a una de ellas. Un recuerdo había reaparecido desde lo más profundo de su memoria, y quería rememorarlo en un lugar tranquilo. 
Aunque, por otro lado, también había sucedido en una nube como aquella, sólo que muchos años atrás.

Era duro no poder salvarlos a todos, siempre lo fue. Tener en sus manos el poder para sanar y ver tanto dolor autoinflingido, tanto rechazo a la belleza de todas las cosas, tanta muerte cuando no era su hora.... Todo era demasiado para él. 
Por eso estuvo aquella vez hace tanto tiempo sentado en una nube, arrancándose sus blancas plumas, una a una, dejando decenas, cientos de pequeñas heridas sangrantes en sus alas. Sin llorar, sin decir una sola palabra. Era su forma de rechazar su trabajo, ya que era de excesiva crueldad para un ser tan bondadoso.
Sólo quería dejar de ser un ángel, pues se sentía un completo inútil.

La luz sobre su ser disminuyó, pues una sombra se interponía entre ellos. Anael levantó la cabeza y, abatido, miró al ángel de túnica oscura. 
Nunca había hablado con el solitario ángel de la muerte. En su delirio autodestructivo, pensó que Azrael venía a llevárselo al otro lado. Pero, como bien habría recordado si hubiese estado lúcido, aquel lugar estaba vedado para ellos, incluso para su compañero, que sólo guiaba a las almas en una parte del camino.

Azrael se le acercó y puso las manos a unos centímetros de las heridas sangrantes. Una luz blanca irradió de ellas, haciendo que las heridas se cerraran, dejando unas alas ensangrentadas como única prueba de que habían existido alguna vez.

Muy serio, hizo algo que jamás volvería a hacer: se levantó la capucha, y miró a Anael directamente a los ojos. 
Sus palabras eran martillazos furiosos. 
- No te atrevas a volver a hacer algo así. Nunca, ¿me oyes? Nunca.- dejó escapar un leve gruñido.- Sólo porque algunos se nieguen a aceptarte no implica que tu trabajo sea inútil. Siéntete orgulloso de lo que eres, estúpido. – Miró hacia abajo, pensando en los seres que estaban a su cuidado, y su voz se suavizó, sonando más calmada.- Todo es amor, tú lo sabes mejor que nadie. ¿Qué sería de ellos sin tu vigía?

Anael siguió mirándole, perplejo ante la verdad en aquellas palabras, y se dio cuenta de algo más.
- Tienes razón. Todo es amor… También tú. Aunque nadie se dé cuenta.
Fingió no haber escuchado aquella última parte y le tendió una mano para ayudarle a levantarse. Anael la aceptó con una sonrisa. 
Una vez se incorporó, sin previo aviso, le abrazó.

- Azrael, eres mi hermano, aunque no lo creas.  

Ahora, tumbado allí, nadie adivinaría a qué se debía el tinte rosáceo que se apreciaba en amplias zonas de sus alas. 
Pensó en Azrael, a quién había llamado hermano desde entonces. Se preguntó dónde estaría.
A veces coincidían, a veces no, pero siempre se cuidarían mutuamente, a su manera.

Con un susurro de agradecimiento, se levantó de aquella nube, preparado para continuar.  

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