Puso la cabeza hacia abajo y sacudió su cabello rubio en un intento de librarse de su rabia.
Y es que, aunque Dan le quería mucho, ahora mismo estaba algo enfadado con
Oliver.
Se le pasaría enseguida, por supuesto, como siempre. Pero es que,
aunque no creía en un dios, pensaba que tenía que existir algo más de lo que
percibían con sus rudimentarios sentidos, y no le gustaba que su pareja juzgase de forma negativa eso.
Estaba convencido de que existían seres que escapaban a su
comprensión, seres más allá de su inteligencia.
No obstante, también creía una
cosa: aquellos seres, estuviesen donde estuviesen, no eran sus amigos.
“Los seres humanos siempre han estado solos, y siempre
estarán solos”.
Por supuesto, no sintió el abrazo de aquellas plumosas alas
desde su espalda, pero sonrió, y su humor mejoró ligeramente, planteándose
disculparse en cuanto Oliver volviese de la universidad.
Anael soltó el abrazo y se marchó, contento.
No podía hacer más de lo que estaba haciendo, pero no se quejaba.
El amor que conseguía hacer salir de sus corazones era más que suficiente como
para sentirse satisfecho.
Las nubes eran densas y blancas, y el ángel se dirigió a una
de ellas. Un recuerdo había reaparecido desde lo más profundo de su memoria, y
quería rememorarlo en un lugar tranquilo.
Aunque, por otro lado, también había
sucedido en una nube como aquella, sólo que muchos años atrás.
Era duro no poder salvarlos a todos, siempre lo fue. Tener en
sus manos el poder para sanar y ver tanto dolor autoinflingido, tanto rechazo a
la belleza de todas las cosas, tanta muerte cuando no era su hora.... Todo era demasiado
para él.
Por eso estuvo aquella vez hace tanto tiempo sentado en una nube, arrancándose sus blancas
plumas, una a una, dejando decenas, cientos de pequeñas heridas sangrantes en
sus alas. Sin llorar, sin decir una sola palabra. Era su forma de rechazar su
trabajo, ya que era de excesiva crueldad para un ser tan bondadoso.
Sólo quería dejar de ser un ángel, pues se sentía un completo
inútil.
La luz sobre su ser disminuyó, pues una sombra se interponía
entre ellos. Anael levantó la cabeza y, abatido, miró al ángel de túnica
oscura.
Nunca había hablado con el solitario ángel de la muerte. En su delirio
autodestructivo, pensó que Azrael venía a llevárselo al otro lado. Pero, como
bien habría recordado si hubiese estado lúcido, aquel lugar estaba vedado para
ellos, incluso para su compañero, que sólo guiaba a las almas en una parte del
camino.
Azrael se le acercó y puso las manos a unos centímetros de
las heridas sangrantes. Una luz blanca irradió de ellas, haciendo que las
heridas se cerraran, dejando unas alas ensangrentadas como única prueba de que
habían existido alguna vez.
Muy serio, hizo algo que jamás volvería a hacer: se levantó
la capucha, y miró a Anael directamente a los ojos.
Sus palabras eran martillazos furiosos.
- No te atrevas a volver a hacer algo así. Nunca, ¿me oyes?
Nunca.- dejó escapar un leve gruñido.- Sólo porque algunos se nieguen a
aceptarte no implica que tu trabajo sea inútil. Siéntete orgulloso de lo que
eres, estúpido. – Miró hacia abajo, pensando en los seres que estaban a su
cuidado, y su voz se suavizó, sonando más calmada.- Todo es amor, tú lo sabes
mejor que nadie. ¿Qué sería de ellos sin tu vigía?
Anael siguió mirándole, perplejo ante la verdad en aquellas
palabras, y se dio cuenta de algo más.
- Tienes razón. Todo es amor… También tú. Aunque nadie se dé
cuenta.
Fingió no haber escuchado aquella última parte y
le tendió una mano para ayudarle a levantarse. Anael la aceptó con una sonrisa.
Una
vez se incorporó, sin previo aviso, le abrazó.
- Azrael, eres mi hermano, aunque no lo creas.
Ahora, tumbado allí, nadie adivinaría a qué se debía el
tinte rosáceo que se apreciaba en amplias zonas de sus alas.
Pensó en Azrael, a
quién había llamado hermano desde entonces. Se preguntó dónde estaría.
A veces coincidían, a veces no, pero siempre se cuidarían
mutuamente, a su manera.
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