Esta vez sí que supe mantenerme como el observador que se supone que soy. En las
sombras, contemplé la escena.
Ella se lanzó sobre el cuerpo inconsciente y lo puso boca
arriba con todo el cuidado que pudo. Se trataba de un chico de su edad, pálido como la luna, con ramas enredadas en su pelo oscuro. El corazón le dio un vuelco al descubrir
que tenía pulso y respiración, aunque fuesen muy débiles.
- No te mueras, vamos, no te mueras.-dijo Pri en un acelerado susurro, más asustada de lo que había estado en mucho tiempo.
Hizo todo lo posible por mejorar su ventilación, mordiéndose los labios al levantar la camiseta y ver que las heridas del abdomen habían sangrado tanto que su torso estaba repleto de manchas de sangre seca. Si tan sólo llevase algo con lo que limpiarlas.
De repente el muchacho comenzó a tiritar, y ella se lamentó de no llevar
una maldita chaqueta para taparle. Se puso sobre él, en un vano intento de
proteger su cuerpo del viento helado.
La tiritona cesó al cabo de unos minutos, no sabía cuántos. De repente, recuperó la consciencia, y abrió los ojos, dejando ver el terror en ellos. Tosía, tosía demasiado, y las heridas del vientre empezaron a sangrar de nuevo.
Pri lo incorporó pasando las manos bajo su espalda, y con unas palmadas y mucho cuidado trató de ayudarle a parar la tos.
Cuando lo consiguió le dio un caluroso abrazo con los ojos húmedos pero aliviada.
- Menos mal, menos mal, menos mal -susurraba a toda velocidad mientras dejaba que él apoyase la cabeza en su hombro.-Menos mal que estás bien.
Vi cómo el joven derramaba sus primeras lágrimas en casi
tres años mientras ella lo abrazaba. Pensé en lo que Anael siempre me ha dicho de la esperanza. Al ver despertar a Nathan, supe que tenía razón.
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