No echaba de menos muchas cosas desde que vivía en la ciudad, salvo cuando
miraba por la ventana de su cuarto, intentando posponer el momento de irse a la
cama. Era entonces cuando Emily se daba cuenta de lo mucho que extrañaba a las estrellas.
Asomada al balcón, seguía buscándolas noche tras noche, pese a saber que no
las encontraría, pues nunca las había encontrado desde allí. Quizá un malvado brujo, como el del cuento que estaba abierto sobre su cama, las había quitado del cielo nocturno.
Pensó en el cuento, en la princesa, en el príncipe, en la derrota del brujo, en los finales felices. Pero pese a tener diez años, ella ya no creía que el mundo fuese un lugar como los que salían en los cuentos.
Y es que, si todos los finales fuesen felices, los ojos de su hermano mayor no habrían dejado de brillar, el pequeño no estaría en una cama más de un año y su madre no lloraría en su cuarto a diario y sería más como el resto de madres.
Aunque quizá sí que estuviese en un cuento, y su hermano mayor fuese el héroe.
O
quizá lo era el temerario gato negro que saltaba de balcón a balcón en el
edificio de enfrente.
- Emily, ya es hora de dormir-dijo una voz serena, sacándola de sus pensamientos.
Como cada noche, sonrió de espaldas a su hermano. Adoraba
que fuese a obligarla a ir a la cama, pero jamás lo admitiría. En su lugar,
protestaba.
- David, un ratito más… que ya soy mayor.-Todos nos vemos mayores con diez años, no lo vamos a negar.
Él fue hacia la ventana con intención de cerrarla, con los ojos
cansados, pero al llegar decidió que podría venirle bien algo de aire fresco y
la abrazó por la espalda, soplándole en el pelo. Emily comenzó a reírse: le hacía cosquillas, y que su hermano oliese a salitre siempre era buena señal.
- Has vuelto a ir a la playa, ¿verdad?-puso cara seria antes de seguir.-Hace mucho frío para
eso.
- Dijo la señorita que se dedica a estar enfriándose con
la ventana abierta –replicó David, haciéndole cosquillas en los
costados.-Vamos, ya es suficiente. A la cama.
Hizo ademán de cerrar la ventana cuando la niña se asomó de
nuevo y señaló a dos personas que caminaban por la acera a
la luz de las farolas.
- Mira, David, mira, su pelo está hecho de estrellas perdidas.-dijo con su voz aguda, asombrada. "Debe necesitaros mucho si os habéis quedado todas con ella", pensó, no del todo equivocada.
David sonrió. Así que aún quedaban locos enamorados que
se olvidaban de todo, incluso del tiempo, mientras paseaban. Les dirigió una última mirada cariñosa mientras cerraba definitivamente la ventana.
Ojalá los dos hermanos hubiesen estado en lo cierto, pero la historia de
aquellas dos figuras no era tan bonita como la de los cuentos.
Por suerte, un
par de calles más y llegarían a casa de Prickle.
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