Un gato negro estaba tumbado en
la hierba, aprovechando el calor que esta todavía conservaba como acúmulo de todo el día. Dormía plácidamente, y soñaba con cosas que seguramente escaparían a nuestra imaginación, aunque algo era seguro: no parecían agobiarle. Tan solo era un gatito dormilón y feliz.
Aún sumergido en sus sueños, levantó las orejas,
notando un cambio en el ambiente.
Sus ojos se tornaron una rendija mientras
observaba cómo una figura descendía del cielo hasta poner los pies en la tierra húmeda.
No movió un solo músculo hasta
que la figura se aproximó. Entonces, se desperezó lentamente y se le acercó, ronroneando.
Él, por su parte, se agachó para rascarle la
cabeza al pequeño y adorable animal.
- Hola, gatito. ¿Precioso anochecer, no crees?
El gato maulló, como si
contestase afirmativamente, y Azrael no pude evitar sonreír.
Le encantaban los gatos.
Especialmente los negros.
Aunque el color no le importaba
mucho, a decir verdad.
Eran las connotaciones que los
humanos les habían dado a esos animales a lo largo de la historia, y no otra
cosa, lo que despertaba su simpatía.
En cierto modo, no podía dejar de
encontrar cierta similitud entre ellos.
Azrael le percibió mucho antes de verle. Cogiendo al animal con delicadeza, se dirigió rápidamente al muchacho que caminaba indeciso en las proximidades. De tanta indecisión, parecía que caminase hacia atrás. Contuvo sus ganas de menear la cabeza y se limitó a observar mientras le dirigía suaves palabras al gato.
- Fíjate pequeño. Este muchacho está actuando de una forma tan estúpida que ni es justificable por su juventud. En el fondo me da un poco de pena, pero no se lo digas. Supongo que sé lo que es tener a la indecisión por compañera.
Acarició distraídamente el lomo
del animal mientras lo sujetaba con su otro brazo.
- ¿Qué opinas? ¿Le damos un
empujoncito?
El gato sólo le miró, y sus ojos
brillaron antes de salir corriendo.
La cara de Nathan denotaba sorpresa cuando notó algo enredándose en sus tobillos y haciendo un suave sonido de motor. Era extraño: por lo general, los animales solían evitarle. No les caía bien. Especialmente a los gatos, que ya de por sí solían ser esquivos. Pero aquél era diferente y curiosamente encantador.
Inclinándose, le acarició tras las orejas. Era muy suave. Cerró los ojos, y en la suavidad y sus sonidos tranquilos
y amables encontró el recordatorio que había estado buscando inconscientemente.
Sonrió. Siempre sienta bien saber que has tomado la decisión apropiada.
Siguió caminando, despidiéndose
del pequeño, pero éste le seguía. Se rindió, y le dejó acompañarle en su
camino.
- Acompáñale a casa, pequeño-susurró Azrael mientras alzaba el vuelo.
Bonito ://3
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